EL ACTO CONTEMPLATIVO DE LA MEMORIA ESCULPE EL PENSAMIENTO
Resulta a veces extraño pensar que el yo de nosotros de hace un segundo es el mismo yo de nosotros de ahora, pero es todavía más extravagante imaginarse como la misma persona de hace aún más tiempo. Es como si además de los pronombres personales ya existentes, hubiese otros que se ven afectados, además del cuerpo, en el transcurso del tiempo. Así, el yo de nosotros ahora es el él de hace 10 años, y el yo de ellos de hoy será el mismísimo usted mío dentro de unos pocos instantes.
Este extraño mecanismo incierto de contextualización afecta no sólo a las personas sino también a las obras de arte, de suerte que la vasija de barro modelada en Grecia en el siglo YZ a.c. con propósitos utilitarios puede ser admirada hoy en día en el museo del Louvre con propósitos estéticos, de la misma manera en que posiblemente el balde de la empleada del servicio del mismo museo se convierta, quizá, en objeto de contemplación dentro de otros dos mil años. Semejante situación también ocurriría si con la ayuda hipotética de una máquina del tiempo alguien viajara al pasado y llevara consigo una grabadora: la gente de ese tiempo que llamamos pasado pero que en realidad sería el futuro del supuesto viajero, prescindiría del valor utilitario del electrodoméstico y lo admiraría -con la misma solemnidad que hoy en día admiramos algunos objetos antiguos- ya no por su funcionalidad sino por sus valores estéticos. Si nuestro supuesto turista del tiempo agregara además las correspondientes pilas y un cassette con la grabación adecuada, los seres humanos de tal época serían movidos a pensar que los sonidos emitidos por el electrodoméstico corresponden a una voz mística y todopoderosa. Dependiendo del espacio y el tiempo, por ejemplo en España en la edad media, nuestro peregrino incluso podría ser acusado de brujería y pagaría las injustas consecuencias de nuestra mera especulación. Este tipo de ejercicios mentales que pueden imaginarse sin necesidad de efectuarlos personalmente, y que se denominan “experimentos ideales”, es el que nos ha permitido en este caso particular, observar que la existencia de los objetos depende del uso que se haga de ellos, y que ésta no está supeditada a los conceptos de progreso e historia lineal –la que está en capacidad de ubicar los acontecimientos en una línea de tiempo ordenada: pasado, presente y futuro- sino por las expectativas que el espectador tenga del mismo.
El hecho de que los objetos expliquen su existencia según su utilización, es la base de un tipo de pensamiento primitivo que los antropólogos han denominado bricolage y que ha nutrido fuertemente la actividad artística durante el pasado siglo. Este tipo de poética constructora del mundo, es la que permite que por ejemplo en el juego infantil de la guerra una cuchara de palo sea entendida como una espada, un gancho de ropa como un arco, una olla como casco protector y su correspondiente tapa como escudo. La existencia de las cosas entonces depende del uso que se haga de ellas y el contexto en el que se inscriban. Por eso, en el mismo juego referido, el niño que se vea alcanzado por la cuchara de palo no pensará que ha sido tocado por un cubierto inocuo sino que su vida se desvanece y debe ir en búsqueda de una medicina mágica igual de fantástica.
Según esto, la verdadera existencia de las cosas no ocurre en la corporeidad del objeto, sino que ocurre únicamente dentro de la mente de quien las piensa y no por fuera de ella. Por eso es que todos y cada uno de los objetos que habitan el universo, -incluso los que no han sido creados por el hombre- tienen el potencial de ser entendidos de una manera adicional a la que ya traen por defecto. La luna, para el astrónomo será el único satélite natural de nuestro planeta, ubicado a aproximadamente 385.000 kilómetros de distancia de la tierra, que gira alrededor de ella en periodos de 29 días y medio, que su masa es de apenas el 1,2 por ciento de la de la tierra, y que tal pero además esto y aquello. Para el romántico empedernido, la misma luna será símbolo del carácter oscuro y nocturno de su amor hacia la mujer querida, el reflejo de los ojos de la amada en el firmamento, el queso de la vía láctea y tralalí y tralalá. Y aunque en ambos casos se haga mención del mismo objeto, cada una de estas lunas de las que se está hablando es diferente de la otra porque aunque ambas se manifiestan bajo la misma apariencia visible, cada una existe de manera diferente en la mente de cada uno de los dos observadores.
Personalmente creo que la ejecución de eso que hoy en día todavía llaman arte, no debe ser una carga ni un motivo de preocupación, como tampoco un sustento vital, ni en el campo monetario ni en el intelectual ni en el espiritual; porque tal vez de una u otra forma siempre se está haciendo arte. Por eso un artista que no quiera verse afectado en su propuesta, debería dedicarse a todo menos el arte.
Es precisamente esta ambigüedad, entre otras razones, la que me ha llevado a buscar una manera apropiada de hacer arte sin necesidad de hacerlo. Consciente entonces de esta posibilidad de construcción de pensamiento, es que he propuesto el acto contemplativo de los objetos como manifestación artística. Este ejercicio de contemplación que pretende hacer arte sin necesidad de objetos volumétricos, ya había sido bosquejado anteriormente como ejercicio de observación del mundo en obras como “ Instalación de una ventana en el museo” y “El museo más grande del mundo”, donde lo que hay de fondo, más allá de la construcción de las mismas, es una propuesta de la actitud contemplativa del entorno como posible obra de arte: una visión del paisaje espacial que se utiliza como instrumento de intelección puede crear perspectivas del mundo sin la necedad de materialización a la que nos tiene acostumbrados el objeto. El acto contemplativo -que es en efecto el orige del paisajismo holandés en el siglo XVI[1] - no sólo intenta recuperar el valor de la mirada como acto de construcción artesanal del pensamiento, sino que además es una economía plástica que evita la ejecución visible de los objetos, para proponer a cambio una hermenéutica de lo que, aunque ya existente, ha pasado desapercibido.
Este extraño mecanismo incierto de contextualización afecta no sólo a las personas sino también a las obras de arte, de suerte que la vasija de barro modelada en Grecia en el siglo YZ a.c. con propósitos utilitarios puede ser admirada hoy en día en el museo del Louvre con propósitos estéticos, de la misma manera en que posiblemente el balde de la empleada del servicio del mismo museo se convierta, quizá, en objeto de contemplación dentro de otros dos mil años. Semejante situación también ocurriría si con la ayuda hipotética de una máquina del tiempo alguien viajara al pasado y llevara consigo una grabadora: la gente de ese tiempo que llamamos pasado pero que en realidad sería el futuro del supuesto viajero, prescindiría del valor utilitario del electrodoméstico y lo admiraría -con la misma solemnidad que hoy en día admiramos algunos objetos antiguos- ya no por su funcionalidad sino por sus valores estéticos. Si nuestro supuesto turista del tiempo agregara además las correspondientes pilas y un cassette con la grabación adecuada, los seres humanos de tal época serían movidos a pensar que los sonidos emitidos por el electrodoméstico corresponden a una voz mística y todopoderosa. Dependiendo del espacio y el tiempo, por ejemplo en España en la edad media, nuestro peregrino incluso podría ser acusado de brujería y pagaría las injustas consecuencias de nuestra mera especulación. Este tipo de ejercicios mentales que pueden imaginarse sin necesidad de efectuarlos personalmente, y que se denominan “experimentos ideales”, es el que nos ha permitido en este caso particular, observar que la existencia de los objetos depende del uso que se haga de ellos, y que ésta no está supeditada a los conceptos de progreso e historia lineal –la que está en capacidad de ubicar los acontecimientos en una línea de tiempo ordenada: pasado, presente y futuro- sino por las expectativas que el espectador tenga del mismo.
El hecho de que los objetos expliquen su existencia según su utilización, es la base de un tipo de pensamiento primitivo que los antropólogos han denominado bricolage y que ha nutrido fuertemente la actividad artística durante el pasado siglo. Este tipo de poética constructora del mundo, es la que permite que por ejemplo en el juego infantil de la guerra una cuchara de palo sea entendida como una espada, un gancho de ropa como un arco, una olla como casco protector y su correspondiente tapa como escudo. La existencia de las cosas entonces depende del uso que se haga de ellas y el contexto en el que se inscriban. Por eso, en el mismo juego referido, el niño que se vea alcanzado por la cuchara de palo no pensará que ha sido tocado por un cubierto inocuo sino que su vida se desvanece y debe ir en búsqueda de una medicina mágica igual de fantástica.
Según esto, la verdadera existencia de las cosas no ocurre en la corporeidad del objeto, sino que ocurre únicamente dentro de la mente de quien las piensa y no por fuera de ella. Por eso es que todos y cada uno de los objetos que habitan el universo, -incluso los que no han sido creados por el hombre- tienen el potencial de ser entendidos de una manera adicional a la que ya traen por defecto. La luna, para el astrónomo será el único satélite natural de nuestro planeta, ubicado a aproximadamente 385.000 kilómetros de distancia de la tierra, que gira alrededor de ella en periodos de 29 días y medio, que su masa es de apenas el 1,2 por ciento de la de la tierra, y que tal pero además esto y aquello. Para el romántico empedernido, la misma luna será símbolo del carácter oscuro y nocturno de su amor hacia la mujer querida, el reflejo de los ojos de la amada en el firmamento, el queso de la vía láctea y tralalí y tralalá. Y aunque en ambos casos se haga mención del mismo objeto, cada una de estas lunas de las que se está hablando es diferente de la otra porque aunque ambas se manifiestan bajo la misma apariencia visible, cada una existe de manera diferente en la mente de cada uno de los dos observadores.
Personalmente creo que la ejecución de eso que hoy en día todavía llaman arte, no debe ser una carga ni un motivo de preocupación, como tampoco un sustento vital, ni en el campo monetario ni en el intelectual ni en el espiritual; porque tal vez de una u otra forma siempre se está haciendo arte. Por eso un artista que no quiera verse afectado en su propuesta, debería dedicarse a todo menos el arte.
Es precisamente esta ambigüedad, entre otras razones, la que me ha llevado a buscar una manera apropiada de hacer arte sin necesidad de hacerlo. Consciente entonces de esta posibilidad de construcción de pensamiento, es que he propuesto el acto contemplativo de los objetos como manifestación artística. Este ejercicio de contemplación que pretende hacer arte sin necesidad de objetos volumétricos, ya había sido bosquejado anteriormente como ejercicio de observación del mundo en obras como “ Instalación de una ventana en el museo” y “El museo más grande del mundo”, donde lo que hay de fondo, más allá de la construcción de las mismas, es una propuesta de la actitud contemplativa del entorno como posible obra de arte: una visión del paisaje espacial que se utiliza como instrumento de intelección puede crear perspectivas del mundo sin la necedad de materialización a la que nos tiene acostumbrados el objeto. El acto contemplativo -que es en efecto el orige del paisajismo holandés en el siglo XVI[1] - no sólo intenta recuperar el valor de la mirada como acto de construcción artesanal del pensamiento, sino que además es una economía plástica que evita la ejecución visible de los objetos, para proponer a cambio una hermenéutica de lo que, aunque ya existente, ha pasado desapercibido.
II
Ha pasado ya casi un año desde que decidí dejar de pensar en qué de lo que se puede hacer es susceptible de ser entendido como arte para más bien contemplar los objetos materiales ya existentes y darme cuenta de cómo algunos de estos puedan ser entendidos como arte. Esta técnica de la contemplación que en un primer momento sólo actúa en la dimensión espacial del mundo, puede ser expandida ahora a una dimensión temporal, en donde una revisión de la memoria y de los restos de recuerdos puede ser aprovechada en la construcción de estructuras mentales, de forma que se develen obras de arte que hasta entonces hayan pasado desapercibidas. Con esta técnica no importa la experiencia tangible y verídica de la materia, sino la idealización que se tenga de ella; por eso el trabajo con los recursos de la memoria ya no opera con objetos de dimensiones físicas sino con objetos ideales que reposan en el espacio mental. En esta instancia, ya no sólo se evita la fabricación o apropiación de objetos, sino que además se logra evadir su carácter visible, algo que no ocurría en la simple contemplación del universo de las formas materiales.
Surge entonces una primera pregunta y es si ese acto de recolección de recuerdos para la construcción estética es un proceso artístico. Para responder esta pregunta me permito recordar al espectador de la presente obra, que el proceso artístico tradicional construye objetos y a partir de ellos genera sus correspondientes acontecimientos. Así por ejemplo, Leonardo da Vinci pinta el retrato de una mujer y bajo el título de “Mona Lisa”, la imagen de la esposa de Francesco del Giocondo se erige como un símbolo del humanismo y de la pintura renacentista; Eugene Delacroix pinta “La libertad guiando al pueblo” y la obra genera un suceso artístico que hace de ella un emblema del pueblo; Van Gogh pinta no se cuantas versiones del “Retrato del doctor Gachet” y una de ellas es subastada a comienzos de la década del noventa en 80 millones de dólares superando de lejos el récord de la obra de arte más cara jamás vendida; mi amigo Fernando Pérez pinta en el aula de clases el retrato de un modelo bigotón y lo coloca en la sala de la casa de sus padres, justo sobre la mesilla de la chimenea, de forma que cada vez que ellos lo observan se sienten orgullosos de semejante hazaña artística y se reúnen en familia alrededor del marco para conmemorar el momento en que la musa pictórica se posó sobre el artista. Estos son algunos ejemplos que muestran como un objeto artístico genera sucesos, algunos de mayor relevancia que otros, pero sucesos al fin y al cabo.
En contraste con este mecanismo artístico, el bricolage es un proceso escultórico en donde ya no se crean objetos para generar acontecimientos, sino que se toman restos de sucesos y sobrantes de acontecimientos para generar estructuras. Muchos artistas han adoptado este modus operandi para la construcción de sus obras: Daniel Spoerri por ejemplo, se reunía con sus amigos y al final de la velada tomaba los restos que habían quedado sobre la mesa y los acumulaba de forma que quedaba una colección de platos usados, colillas de cigarrillo, desechos de papel y demás residuos que daban un testimonio de lo que había sucedido aquella noche; Roberth Rauschenberg deambulaba por las calles de Nueva York reciclando animales disecados, llantas usadas, señales de tránsito, y todo lo que le servía para luego ensamblarlos en sus ya célebres acumulaciones; Picasso tomaba el manubrio y el asiento de aquello que en algún tiempo fue una bicicleta para representar el cráneo de un toro; Kurt Schwittters.....
Entonces, es lícito aseverar que el acto contemplativo que se sirve de la recolección de fragmentos de acontecimientos para la creación de estructuras mentales de función estética, no es más ni menos que una forma escultórica primitiva de la transformación del pensamiento sin la necesidad de la fisicidad del objeto; es pues, una versión esencial e inmaterial del bricolage, en síntesis, un proceso escultórico de la imaginación.
Apoyado en esta visión escultórica de la memoria, descubro por ejemplo, y es de recalcar que al momento de redactarlo lo estoy escribiendo en tiempo presente y no en pasado, que la primera obra de arte de la que tengo recuerdo -y que curiosamente es la última, como se verá más adelante-, sucede aproximadamente a mis cuatro años de edad, cuando utilizo en mis inicios escolares un seudónimo, de forma que obedezco a los llamados de otro ser, y como éste conserva mi cuerpo aunque otro nombre, yo no tengo más remedio que comportarme como un sujeto ajeno que construye otra forma de vida, como una herramienta de conocimiento de otro universo que altera el estado natural que constituye la cotidianidad, en palabras concretas,como una obra de arte, hasta el día que llegó – ahora sí en pasado- la primera entrega de notas, de esas en las que con un color terminan por calificar las habilidades manuales de los padres del artista de la apropiación; y como al final ya habían llamado a todos mis colegas y yo no aparecía, fui descubierto en semejante embestida artística con las notables consecuencias a las que se atienen los hombre de mentalidad precoz. Este ejemplo, por lo demás personal, carente de presunciones, y ajeno a una consideración que no sea la del argumento discursivo, sirve para plantear a continuación la duda: ¿Un tipo de obra como ésta ya se ha realizado como un acto espontáneo y se encuentra madura a pesar de la inconsciencia al momento de la reflexión o es más bien que este acto intrascendente y ya ejecutado se convierte en obra de arte justamente hoy cuando se toma conciencia de él?
Si se asume que el arte se produce por una expectativa con la que una persona carga un objeto o una idea mediante algún tipo de acto, la respuesta a la anterior pregunta será que la obra de arte se realiza tiempo después -como en caso el de la vasija de barro señalada en la sección anterior- gracias a la reflexión que se hace de un acto pretérito y en apariencia insignificante. En esta correspondencia resulta que la obra de arte se ejerce entonces al momento de su conciencia y que el hecho pasado se revive en otras condiciones de disposición cerebral. El acto contemplativo del tiempo es por tanto una manera de hacer arte sin necesidad imperiosa de hacer lo nuevo, es una alternativa que aprovecha el recurso de la memoria y toma pedazos de acontecimientos para generar nuevos significados.
Puede creerse en esta instancia, que el acto contemplativo de la memoria es un proceso frío y carente de emotividad que más tiene que ver con un desarrollo racional que con un hecho sensible. Sin embargo, al evocar la etimología de la palabra recuerdo, se entiende que la materia escultórica que compone la contemplación de la memoria es una selección de emociones que se reconocen, se reviven y además constituyen un lugar de habitabilidad y reconocimiento: El uso del recuerdo, (del latín cor, corazón), indica en una primera aproximación, que el acto de recordar implica “volver a sacar del corazón lo que en él se tiene”[2].
Así, el acto contemplativo no es un proceso mecánico del recuerdo por el recuerdo, como tampoco es una observación del recuerdo; es una contemplación del mismo. No importa entonces el autor de tales recuerdos, sino su espectador que construye tales ideas como escultura.
[1] En el sentido que una vez la gente dejó de entender el campo como lugar de trabajo y se dio la posibilidad de contemplarlo, asumió su entorno como lugar de goce estético y no como espacio de obligaciones.
[2] Ideas similares se encuentran en inglés y francés, en donde el vocablo “aprender de memoria” tiene respectivamente los equivalentes de “learn by heart” y “apprendre par coeur”. (lit. aprender con el corazón).
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