EL ACTO CONVERSATORIO COMO ESCULTURA
La constante preocupación del hombre por la construcción desmedida de objetos ha revelado la inexistencia de una verdadera y universal imagen en la que el arte como tal, ha demostrado no ser un producto especial sino que por el contrario hace parte de lo más simple y constitutivo de la vida misma. La labor del artista, debe ser, por lo tanto la de servir como intermediarios para permitir que ese vínculo entre los hombres y su entorno se lleve a cabo en mayor o menor grado.
Es así, como Juan Camacho le apuesta a los espacios conversatorios del arte como formas de manifestación energética transformadoras de las relaciones entre los artistas y los espectadores. El recurso oral como forma de arte, utiliza la herramienta directa del hombre como comunicador. En este contexto, es lógico asumir la labor contemplativa como una forma de arte, ya que es a través de esta inactividad física que se posibilita el entendimiento de la vida misma. Incluso un artista como Roberth Smithson ya lo ha declarado en una oportunidad anterior:
“Un gran artista puede realizar arte simplemente con lanzar una mirada. Una serie de miradas podrían ser tan sólidas como cualquier cosa o lugar, pero la sociedad continúa estafándole al artista su arte de mirar, valorando solo los objetos de arte”[1].
“Hablar es arte” es uno de esos resultados de la práctica observatoria de un mundo en donde las actividades cotidianas han perdido la capacidad de asombro debido a la costumbre del mismo acto. Cuando se toma conciencia de la conversación como objeto inmaterial artístico, la forma de relación con el entorno y con las personas sirve de trampolín a experiencias insólitas en el campo de la imaginación y posibilita diálogos ideales entre los diversos objetos que ocupan la basta geografía visual. Sin embargo el acto conversatorio no es exclusivo de seres materiales sino que igualmente se puede especular sobre pláticas entre seres que a lo mejor no disponen de lenguaje humano. Tal es el caso de “Coloquio entre una reproducción litográfica de “Mona Lisa” de Leonardo da Vinci, una apropiación conceptual de “Fuente” de Marcel Duchamp y “Así se construye el círculo cuadrado” de Juan Camacho”. En este tipo de obras el arte no opera ya en el mundo probatorio que conoce el hombre, sino que se vale de campos mentales para la comprensión del nuevo cosmos.
De igual manera que el suceso conversatorio es plausible de ser admitido como resultado de la mediación del arte en el mundo, muchos actos cotidianos de la vida que han perdido significado pueden recobrar su capacidad de asombro mediante su propia contemplación como obra de arte. La resolución de un problema matemático es digna de convertirse en obra de arte según la intención poética del enunciado[2]. Lo mismo se puede decir del acto contemplativo del mundo tanto en el espacio como en el tiempo[3], o de la construcción de esculturas mentales mediante la herramienta del pensamiento, o de una simple caminata; porque cualquier actividad cotidiana tienen el potencial de alterar la percepción de su propia naturaleza y generar expectativas en una actividad en la que no importa lo que sea o no sea arte sino la capacidad que ellas tengan de sensibilizar. Desde esta perspectiva, que contempla más que la obra de arte el obrar artístico, es posible acercarse aún más a la actitud de reticencia al oficio que caracteriza a Juan Camacho y que más que una indiferencia o pereza o subvaloración de la materialización, debe ser entendida como una posibilidad de construcción en el lenguaje como material y al mismo tiempo medio y soporte de su trabajo plástico: la palabra.
Consciente de las limitaciones del mundo visible, el artista le apuesta a la creación de imágenes que existen en sí mismas en la imaginación del espectador sin necesidad de un acercamiento físico a ningún tipo de objeto. Es entonces donde es pertinente aclarar que el obrar artístico de éste joven artista se fundamenta en la palabra como tal y no en el discurso; es decir en el máximo aprovechamiento de los conceptos preestablecidos en la mente de los interlocutores a través de hechos particulares a cada uno de ellos, y no en una apariencia formal de las palabras como acumulación de objetos alfabéticos carentes de significado. Esta reducción de sensaciones que posibilita la inmensidad de conceptos mediante un número limitado de signos o caracteres, es una invitación a la mente del espectador a dilatar estas frases y construir una experiencia particular basada en una obra de carácter universal que funciona de manera similar a un chisme, en cuanto que no se necesita la veracidad de la historia que se supone para que se logre una atracción al respecto. Por eso, muchas de sus obras no sólo no necesitan existir en términos históricos y probatorios, sino que en la mayoría de los casos es imposible construirlas en un espacio diferente al de la palabra. Así mismo lo ha hecho notar el artista en su célebre declaración:
“Ahora, luego de muchos ejercicios, he llegado a un estado en que las palabras funcionan en sí mismas y son obras de arte en sí mismas. He descubierto esos lujos que sólo le son permitidos al lenguaje y que no sabría de qué otra manera expresar. Mi gran obra es “Así se construye el círculo cuadrado”, que todo el mundo puede armar en el plano literario, pero ninguno está en capacidad de construirlo en otro lugar diferente al del concepto. Quiero decir que basta con nombrar algo para que exista; es un asunto religioso. Dios, por ejemplo, existe al menos como concepto sin que haya necesidad de que alguien lo vea; porque la creencia no está sometida a los rigores de la ciencia. Otra cosa es poder entender qué es Dios y poder darse una idea de él. Aún así, sin lograr entenderlo, creo que Dios es la mayor obra conceptual de todos los tiempos, y las religiones son idealizaciones de tal concepto”[4].
Mediante ese aprovechamiento de las debilidades que presenta el mundo de lo visible pero que se puede solucionar en el campo de la palabra, es que el artista ha llegado a proponer una arquitectura de lo imposible mediante la permutación de letras que en sí no son nada más que un vehículo de la imaginación a espacios que de otra manera serían inimaginables. Por eso, su trabajo es frío y en apariencia distante, como una serie de aforismos lógicos carentes de seducción corpórea más no mental; porque el suyo no es un problema de tipografía, de diagramación, de falseamiento que haga la palabra agradable al espectador; sino que se fundamenta precisamente en la innecesaria objetualidad de las obras. La obra, como lugar real no existe, porque no ha podido existir, pero como pensamiento es posible, porque puede existir. Su obra indica una desmaterialización extrema y en algunos casos radical, que traduce de la teoría a la práctica los planteamientos de Paul Virilo sobre cómo será el arte del futuro:
“vertiginoso, sin objeto, sin documento, pura sensación trasmitida a través de una red invisible. En una palabra: energía”[5].
Entendida como energía más que como materia, la conversación acontece como la manifestación por excelencia de la energía potencial de la palabra, y el hecho de hablar es en sí el arte, quizá más cercano a las necesidades culturales de una sociedad en la que no tiene pertinencia aislarse de la misma. Cuando se entiende la conversación como forma de arte, que no es exclusiva sino que cualquier persona puede hacer, se cambia la perspectiva de un hecho cotidiano y se entiende la pertinencia del arte en la sociedad, como una necesidad de construcción y organización del mundo, como un acto de pensamiento y como el hecho fundacional de la cultura del que hablaba el artista italiano Piero Manzoni:
“El arte no es un fenómeno descriptivo, sino un procedimiento científico de fundación....Aquí la imagen toma forma en su función vital: no podrá ser valorada por lo que recuerda, explica o expresa ( en todo caso la cuestión es fundar), ni querer o poder ser explicada como alegoría de un proceso físico: ha de ser valorada en cuanto que es: ser”[6].De este modo, el acto artístico se revela en su existencia intrínseca y al artista sólo le queda resolverse en la vieja pregunta shakesperiana. Ser o no ser, esa es la pregunta. Hacer o no hacer, esa es la actitud.
De este modo, el acto artístico se revela en su existencia intrínseca y al artista sólo le queda resolverse en la vieja pregunta shakesperiana. Ser o no ser, esa es la pregunta. Hacer o no hacer, esa es la actitud. Camacho por su parte ya se ha resuelto y al intentar evitar la actividad artística ha logrado obras ideales, en una actitud que es un vivo ejemplo de instalación de la palabra de aquella frase de Wittgenstein que nos recuerda que lo mejor que nos puede pasar es que no nos pase nada.
[1] Roberth Smithson: The collected writings, editado por Jack Flam, Los Angeles, University of California Press, 1996.
[2] Si por ejemplo, se indaga por el número de horizontes que nos separan de un ser querido.
[3] Véase “El acto contemplativo de la memoria esculpe el pensamiento”
[4] Juan Camacho en conversación con Ivan Punk el día 1 de octubre de 2002.
[5] Tania Raquejo, Land Art, colección Arte hoy, Ed Nerea, Madrid, 2ª edición, 2001, p. 17.
[6] Piero Manzoni, Prolegomeni a un´attività artistica, editado por la revista Evoluzione delle Lettere e delle Arti, No 1, Milán, enero de 1963.
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